Se me antoja difícil sino imposible que alguien no se haya topado alguna vez con un paisaje de Turner pero seguramente muchos no sepan que era suyo y piensen que era de Rembrandt, Rafael, Constable, Canaletto, Ruysdael o Gainsborough. También puede ocurrir que ante el gozo de su arte uno pierda el sentido a la manera de Stendahl y ni se acuerde de lo que ha visto, como me ocurrió a mí al ver por primera vez Rain, Steam and Speed (1844) (cuadro que desgraciadamente no está en la exposición).
La figura de J. M. W. Turner (1775-1851) es tan basta que asusta: estudio de los clásicos en sus comienzos, búsqueda de estilo, desafíos y versiones a contracorriente de temas consagrados por sus antecesores, y competitividad con sus coetáneos todo en una misma vida. Reconocimiento en las élites y éxito comercial no exento de comparaciones amargas y críticas veladas a su arte más avanzado por parte de los miembros de la Royal Academy y los simpatizantes del Grand Style. Todo un hombre de su tiempo.
A pesar de lo ambicioso de la exposición se echan en falta más obras de su última etapa donde experimentaba con las formas aportando gran intensidad pictórica a temas alegóricos tan manidos como el diluvio universal o Moisés escribiendo el Génesis.
Sin embargo la muestra nos permite contemplar por primera vez en Madrid muchos de sus hallazgos y tesoros además de los clásicos referenciados sumando un total de 80 obras. Entre ellas destacan sobremanera las siguientes pinturas:
La calmada interpretación del entierro de su amigo y gran pintor escocés David Wilkie (otro de los grandes aún por revelar al gran público) en Sepelio en el Mar. La majestuosidad y profundidad de Palestrina-composition aplicada al revisionismo clásico. La réplica respetuosa a Claudio de Lorena y su Puerto con el embarque de Santa Úrsula (1641) con la luminosidad, perspectiva y detallismo emocional de El Declive del Imperio Cartaginés y la calma contenida en un instante de Arenal de Calais donde imparte una clase de cómo tratar la luz y su reflejo más allá de los cánones establecidos ampliando la paleta de colores hasta confundirlos de manera evocadora y mística.
Si tienes un hueco en tu agenda estival no te olvides de pasar por El Prado antes del 19 de septiembre porque tus sentidos te lo agradecerán.